Edición: diciembre 2016
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El mundo según Malú

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Malú Huacuja del Toro. Foto: Carmen García Bermejo.

Malú Huacuja del Toro. Foto: Carmen García Bermejo.

La furia del pez

 

Álvaro Álvarez Delgado

Si ya con Crimen sin faltas de ortografía (1987) Malú Huacaja del Toro había demostrado ser una narradora original y “con garra”, con Un Dios para Cordelia (1994) no hizo sino confirmar su maestría en el arte de la narrativa. Por si los dos anteriores ejemplos fueran poco, con Crueldad en subasta (2015) lo reafirma de una manera impresionante que casi obliga a leer la novela de una sola sentada. La publicación de la cuarta edición de Un Dios para Cordelia y de la primera impresa de Crueldad en subasta son el motivo de las siguientes observaciones acerca de estos tres episodios de un mundo novelístico que tiene mucho que decir.

Crimen sin faltas de ortografía fue finalista de un concurso de novela policiaca, convocado por Plaza y Janés, a mediados de la década de los ochenta. Se trata de una parodia del género policiaco donde, ante el asesinato del profesor Sepulcro (protagonista ausente de la novela, tal como poco tiempo después sucedería con Laura Palmer en Twin Peaks), otros dos protagonistas, Fabiola y Alonso, ex alumnos del difunto Sepulcro, deciden indagar, por cuenta propia, la identidad del asesino. Se trata de una novela narrada en tercera persona que, en primer término, devela una gran ausencia que, con el tiempo, se volverá un motivo recurrente de la narrativa de Malú Huacuja: no hay justicia. Ni en la parte teórica ni en la práctica: quien comete el asesinato queda impune de cualquier castigo y el cuerpo policiaco tiene una aparición tan breve como intrascendente. Esta ausencia revela, también, su contraparte: la injusticia, como cuando tratan de involucrar a la sirvienta de Sepulcro en el asesinato del profesor.

En segundo término, Crimen sin faltas de ortografía revela otro de los recursos narrativos que Malú maneja con singular maestría: la voz narradora que, siempre, dará una o varias vueltas de tuerca a la historia. Por lo general, la voz narradora pertenece a alguien que toma parte en la trama y que jamás actúa de forma ingenua o inocente y, muchísimo menos, inconsciente, tal y como tenemos oportunidad de “descubrir” al final de Crimen sin faltas de ortografía. Así, pues, esta novela es el germen de buena parte de lo porvenir en el universo narrativo de Malú. No se trata solamente de ofrecer una historia policiaca sin policías, donde uno no deja de reír conforme se entera de las aventuras y desventuras de Fabiola y Alonso, sino de la parte visible y genésica de un entramado narrativo que, posteriormente, se verá enriquecido por la inclusión, ya sea del género ensayístico, del periodismo de investigación, del testimonio e incluso de la confesión, porque la narrativa posterior de Malú combina todos estos elementos. Pero para ello habrían de pasar varios años, diversas historias, escritas y vividas, ante las que es necesario hacer un paréntesis para poder referir a un texto fundamental para la mejor comprensión de la narrativa de Malú Huacuja del Toro.

Malú Huacuja del Toro. Foto: Carmen García Bermejo.

Malú Huacuja del Toro. Foto: Carmen García Bermejo.

Me refiero a “Entre la génesis y el berrinche” (incluido, ya sea en Crónicas anticonceptivas o en El suicidio y otros cuentos), ejemplo de las características que recién acabo de enumerar, narrado por una bebé que, en lo que espera la llegada de Lucy, su niñera, para que le cambie los pañales y le dé su biberón, comparte sus reflexiones con nosotros, sus lectores. Dichas reflexiones pueden resumirse en una sola, conmovedora y peligrosa pregunta que, contrariamente a lo que sucede, habrá de tomarse en el sentido más literal del término: ¿por qué estamos aquí? Es decir, ¿cada uno de nosotros es producto de un accidente o de una decisión? Si fuera el último caso, ¿de qué tipo de decisión? No es una pregunta de fácil respuesta y quizás, en muchos casos, lo más conveniente fuera ni siquiera tratar de averiguarlo… Volviendo a las novelas que ahora nos ocupan, ya más específicamente Un Dios para Cordelia y Crueldad en subasta, tanto la pregunta como la respuesta resultan tan importantes que, sin ellas, no existiría ninguna de las dos.

Un Dios para Cordelia comienza con una frase aparentemente mal escrita: “La fealdad es un costal de impotencia que se carga durante toda la vida, pensó”. Digo “aparentemente mal escrita” porque no lo es. En esta novela nada es casual, accidental o ingenuo. Esta frase ofrece, de entrada, dos dificultades, dos enigmas que serán resueltos en distintas partes de la novela: ¿quién piensa y quién nos dice que alguien piensa? La respuesta a la segunda se nos entrega al final del primer capítulo (de los 14 de que consta la novela), no para revelar algo sino para adentrarnos más en la trama, para enredarnos más en ella: “Mientras tanto nosotros, esclavos del pensamiento de los hombres de nuestro país, discutíamos de qué manera podríamos intervenir en esto. Difícilmente habíamos sido capaces de solucionar los conflictos humanos, pero pasábamos sus tiempos intentándolo”. ¿Quiénes componen ese “nosotros”? Ah, estos narradores tan “raros” como el de “Las babas del diablo”, de Cortázar, o el de Los recuerdos del porvenir, de Elena Garro… “Nosotros” podemos ser yo, tú, él, ella, ustedes, ellos, ellas, ello, Dios, los dioses, el dios, los Dioses: cualquiera puede ser “nosotros”.

Por su parte, quien piensa aquello de “La fealdad es un costal de impotencia que se carga durante toda la vida” lo sabremos muchas páginas más adelante, ya casi al final de la novela, es Cordelia, la protagonista, casi justo cuando nos percatamos de un absurdo, inquietante y orwelliano círculo narrativo-existencial que todo lo trastoca, lo invierte, lo subvierte y lo pervierte y que, junto con la injusticia, la anarquía, el simulacro y el caos constituyen los puntos cardinales de esta novela, cuya protagonista, Cordelia, viene al mundo luego de que Maira Parídea, su madre, se entera que Carlos, su padre, tiene amoríos con una amiga de ambos: Celeste.

En sustitución al verdadero amor que Maira pudiera o debiera haberle dado a Cordelia, decide convertirla en una exitosa cantante, estrella del videosón, diosa del sexo, modelo a seguir en ese kafkiano territorio en que se desarrolla la trama de la novela. No importa que no cante; para ello, y otros puntos más, entra en escena Iris, Irisa, quien le dobla la voz y le desdobla la existencia a Cordelia a partir de un capricho de esta última, cuyas consecuencias para ambos personajes jamás habríamos previsto, así como tampoco importa que Cordelia tenga que prostituirse, drogarse, perder su identidad y también su voluntad, volverse una marioneta, para conseguir ese objetivo. Al final, Cordelia resulta la triunfadora, aunque quizás lo sea sólo en apariencia, en ese mundo que aspira al Cielo y en ese Cielo que cada vez se va volviendo más humano, demasiado humano, porque Un Dios para Cordelia se desarrolla en dos planos, en dos niveles de realidad que paulatinamente se van confundiendo, fusionando y en ese cruce hay lugar para todo, menos para la individualidad, la paz, la tranquilidad y la justicia… En medio de esta confusión estamos nosotros, los lectores, también protagonistas de la novela, atentos a lo que diga La Voz, es decir las voces estridentes, desesperadas, anárquicas, perseguidas que vuelven y revuelven en ese mar de confusión, de co-fusión, para develarnos una posible identidad, la de Cordelia que parece haber hallado su Dios, en un mundo regido por la injusticia y los antivalores del que pareciera imposible cualquier forma de escape…

Y veinte años después, quizás para demostrar, una vez más, que “no es lo mismo los tres mosqueteros que veinte años después”, Malú nos entrega no una novela más sino Crueldad en subasta, sin duda su mejor novela hasta ahora, donde todo: diálogos, personajes, acciones, escenarios y estructuras narrativas, se halla hábilmente engarzado en una magnífica pieza de joyería o, mejor aún, en la complicada maquinaria de un reloj de cuerda donde una pieza pone en movimiento a otra y ésta a otras… y que ahora tenemos oportunidad de conocer en su versión impresa. Esta “novela de misterio”, tal como se anuncia en ambas versiones, presenta su primer acierto en contener “una novela dentro de otra novela”, algo que se dice fácil aunque al momento de leerla revela una complejidad mucho mayor.

Malú Huacuja del Toro. Foto: Carmen García Bermejo.

Malú Huacuja del Toro. Foto: Carmen García Bermejo.

Crueldad en subasta inicia con la presencia de Celeste Herrera (cuyo nacimiento se debió a la rivalidad entre Patricia y Socorro, cuñadas), quien lee una novela en formato electrónico: Los tocadores hablan, que presenta asombrosas similitudes con la competitiva vida de su madre y su tía. Esta novela se halla contenida, a su vez, en Palabras envenenadas, misteriosamente entregada al exitoso empresario radicado en Nueva York,  Daniel Urquiza, para su lectura, a raíz de lo que alguien sabe que sabe con respecto a un cuadro intitulado Vida de una muerta y de todo lo que hay a su alrededor, es decir el narco político mexicano Ezequiel Muñoz, padre de Dolores, la verdadera Celeste. Lo intrincado de esta trama puede ser explicado, ya sea mediante “El sueño”, de Borges (hábilmente incluido en un capítulo), o, bien, mediante una observación de José Santos, el cerebro detrás de Palabras envenenadas: “Esa pintura era una carta agradable para todos, pero espeluznante para algunos. Así tenía que ser también su libro”. En el ínter encontramos traiciones expuestas en ese “juego de espejos” en que hábilmente se desplaza la pluma de Malú, ya sea entre Celeste y Gabriela, o entre Luisa y Brenda, o entre el mismo Daniel Urquiza antes y después de la transformación interna a que lo orilla la ausencia de Georgina Mijangos quien, pese a su breve participación dentro de Crueldad en subasta, es no sólo el personaje más memorable de la novela sino el detonante de la trama.

Con excepción de Crimen sin faltas de ortografía (víspera de los frutos por venir), Un Dios para Cordelia y Crueldad en subasta ofrecen una narrativa tan cruda como incómoda al presentar una realidad tristemente cotidiana donde el bombardeo mediático provoca la pérdida de la memoria, la perversión de valores, la ausencia de la justicia y una sensación de desasosiego que pervive en uno tiempo después de haber cerrado cualesquiera de estas novelas. La narrativa de Malú Huacuja del Toro, además de bien escrita y mejor estructurada, es el reflexivo y doloroso testimonio de la crisis de una sociedad que requiere no sólo del decir sino del accionar, del reaccionar, aun en contra de la corriente. ¿Quién, mejor que Malú, sabrá de todo esto?

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