Edición: diciembre 2016
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Principios y caballerosidades

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la-plumaLa indignada metaforastera

Víctor Roura

¿Qué sucederá en la Secretaría de Cultura ahora que ya no está su fundador Rafael Tovar y de Teresa: se continuará en el mismo camino o se inaugurará una ruta por fin pluralizada?

¿Cuántas veces no hemos mirado y oído a los próximos gobernantes prometer sin cansancio para luego, ya tomados los poderes, dejar en el olvido sus palabras? Numerosas veces. Reiteradamente. Una y otra vez. El cuento de nunca acabar. Incluso en el momento en que la gente creyó de veras en la transformación, durante el ascenso del panismo, fue engañada de manera descarada. Las habladurías del marido de Marta Sahagún son, aún hoy, infames e inolvidables. La ciudadanía no había creído tanto en un político como en el año 2000… sólo para, unos cuantos años después, sufrir de nuevo una honda decepción.
Vicente Fox, a final de cuentas, no actuó de modo distinto a los priistas, aunque sí era más categóricamente vocinglero e ignorante. De igual forma se llevó a sus bolsillos vaya uno a saber cuántos miles de millones de pesos de los impuestos de los mexicanos. (¡Y ahora, convertido de pronto en periodista por la milagrería electrónica de Milenio, Vicente Fox habla y critica acerca de lo que hacen los otros en la política, comentando lo que él nunca hizo cuando tuvo la oportunidad de hacer!) Se habló aquella vez, durante el inicio del foxato, de los famosos “cazadores de cabezas” que iban en pos de los “talentos” connacionales para que integraran, ja, el poderoso gabinete. Pura insidia verbal. Fue el sexenio de la pía desilustración, de los prestanombres culturales, del desdén a las letras, del agravio a los conocimientos, del surgimiento ―¡oh! ― del soporte digital en los pasillos de la educación.
Como los gobernantes no tenían idea de los significados de la lectura, volcaron sus ocios a la tecnología. Prometieron computadoras a las primarias, inmersiones a la cibernética, estrategias con Bill Gates para dar apertura a la Internet… porque fue el apogeo de las tareas escolares a través de la navegación en la red, posponiendo la solidez de la escritura y de las ideas. Como Fox era, y es, un orgulloso inleído, la educación básica, guiada por la entonces lideresa Elba Esther ―otra ufana inleída, pero amiga, digamos, íntima de filósofos como Fernando Savater―, descartó las lecturas para abordar los aprendizajes con los ojos bien abiertos vía la pantalla electrónica… y véanse las visibles consecuencias: millares de niños, hoy jóvenes en la madurez, distanciados de los saberes primarios, como lo demuestran los índices educativos.
Felipe Calderón no hizo culturalmente sino seguir los pasos de su panista antecesor. Y si bien no es, como lo es Fox, un analfabeto funcional, se encaminó por otras rutas: hacia una guerra inútil, pero apetitosamente financiera, contra el narcotráfico (se dice que con 150,000 muertos, a la fecha, de un aldo y del otro)… sin querer resolverla, ya que dicha batalla, como en su momento fue derrotada la mafia del alcohol, puede ser concluida con la debida, y supervisada, legalización de la mariguana: si ahora un bebedor puede emborracharse según sus vicios o costumbres, ¿por qué un drogo no va a poder ser adicto oficialmente a las sustancias tóxicas en vez de permanecer en el clóset del consumo? Aunque prohibida, la droga se distribuye en los pasillos universitarios, en las empresas televisoras, en los corrillos burocráticos, en las narices de los policías, en los circuitos empresariales, en los servicios mecánicos, en los ámbitos deportivos, en las atmósferas musicales, en los respiraderos intelectuales, en los bajos fondos de la politiquería, en los avatares de la oposición… ¿Entonces?
Claro: el dinero no circularía de manera ilegal a raudales, lo cual sería un fastidio para las benignas reparticiones ulteriores. La cultura, por lo tanto, quedó en manos… sí, de la misma cúpula que se ha mantenido en ella desde los bonancibles tiempos priistas, sólo que otras personas, ora panistas, ora perredistas (porque son la misma sustancialidad), la han administrado… ¡para la satisfacción de los mismos empoderados en los altares intelectuales, que igual están en un partido político que en otro, sin importarles gran cosa sus ideologías! Mire usted a los indignados del YoSoy132 posando, siete de ellos ―en las instalaciones de su Ibero (sin contar al que ya es conductor de Foro Televisa, por supuesto)―, para la revista Quién, que en su número de noviembre de 2012 los ha seleccionado como uno de los 50 personajes… ¡que “mueven” a México! Lo que me hace siempre recordar al incomparable Groucho Marx, quien, delante de empresarios, les inyecta algo de su adrenalina discursiva para acabar diciéndoles que esos son sus principios. Pero como los viera incrédulos o dubitativos, agrega: “Bueno, si no les gustan… tengo otros”.
Y así están las brújulas contemporáneas. Lo mismo los exploradores marchan hacia el norte que hacia el sur, hacia el oeste que hacia el este, hacia la derecha que hacia la izquierda, hacia un principio que hacia otro. Por ejemplo, Rosario Robles, que de idónea perredista es ahora una recalcitrante priista hablando de los procedimientos educativos y sociales de Peña Nieto, de quien es una colaboradora cercana. ¿Alguien recuerda sus ligas sentimentales con el corrupto argentino Carlos Ahumada en su etapa de profusa izquierdista, ese mismo hombre que edificó un diario de contrapeso cuyos directores eran Javier Solórzano y Raymundo Riva Palacio, que dijeron, informados como supuestamente están, no haber sabido para quién trabajaban pero el dinero ya estaba resguardado en sus bolsillos? En efecto: no hay que vivir del pasado, que de principios se puede jugar a los dados de manera indistinta. ¿A quién le importa el pensamiento indomeñable? ¿Sabe el lector, y de ahí mi referencia anterior, que la sindicalista Elba Esther invitaba a Savater por unos cuantos cientos de miles de euros sólo para colgarse ella de su brazo para que todos los que la mirasen creyeran que, como el filósofo español, era una adoradora y cumplidora de la ética y la dignidad… aunque Savater, y esto seguramente la profesora no lo sabía, acepte premios literarios millonarios sin necesidad de concursar?
En noviembre de 2012 se despedía Consuelo Sáizar de la presidencia del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes. Y ya estaba alborotada la vieja clase priista de la cultura, que empezaba a buscar ―como el niño consentido el garrote para golpear la piñata― cómo intervenir en los nuevos tajos del pastel presupuestario. Ya se reunía con Enrique Peña Nieto una exclusiva élite del poder cultural, y se veían sus participantes alborozados, con la ancha sonrisa en la boca, con las manos entrelazadas con fortaleza, con miradas de codicia sin medida. A ver a quién le tocaba ahora, aunque se sabía (¡ya en ese noviembre de 2012!)  que iban a ser los mismos jerarcas establecidos, anclados, ceñidos a los poderes políticos desde el reinado salinista los que regirían durante otro sexenio esta “nueva” etapa.

A propósito de estos malabares triunfalistas, tengo que confesar algo: a principios del año 2012 tomaba un café con Humberto Musacchio en la Librería Rosario Castellanos, del Fondo de Cultura Económica, cuando se apareció, de súbito, Rafael Tovar y de Teresa. El ex titular del Conaculta por casi dos periodos priistas (y pronto rozagante presidente de nuevo) no pudo verme, porque estaba yo sentado de espaldas, pero en cuanto se acercó, gentil, para saludar a Musacchio, y mirarme, y tenerme enfrente suyo, y darme forzosamente la mano, educado que era, la situación se le tornó negra: no dijo nada más, se despidió con precipitación y se difuminó con premura, como ―usando una precisa y exacta metáfora― Rosario Robles pasó de perredista a priista sin que nadie pudiera advertirlo, tal vez ni ella misma.
Ha de haber pensado que la caballerosidad a veces es ingrata, que a veces los tiros salen desganadamente por la culata.

Porque, en efecto, una cosa es la cortesía y muy otra el afecto, y este funcionario nunca aceptó, por lo menos en cuanto a mi figura periodística, la crítica que dirigía hacia su comportamiento con la comunidad cultural, pues su permanencia, larga permanencia, en su caso eternidad, en los poderes intelectuales optó por la circularidad consentida y cooptó, con la magnanimidad que otorga la administración presupuestaria, beneficiándola con hartura, a una localizada cúpula cultural ceñida a los favoritismos y a las prebendas que provenían directamente de la decisión personal, sí, del circunspecto Rafael Tovar y de Teresa.

Muerto en la cima de su sempiterno reinado, el secretario de Cultura fue despedido con un prolongado aplauso por un funcionariato acostumbrado a la política vitalicia. Y, sí, Rafael Tovar y de Teresa no dañó a la cultura, pero sí la inmovilizó a tal grado que hoy en día aún los restos de la mafia de la cultura que se asentó en el país desde principios de la década de 1950 es la que continúa (los sobrevivientes y los que prosiguen con los cartabones ya establecidos) teniendo prioridad en los gocess económicos y en las derramas de la consecuencia política.

Quien ocupe su lugar sólo tendrá dos posibilidades en su quehacer laboral: seguir en el camino sembrado por su antecesor o fundar una ruta, por fin, pluralizada y accesible a todos los creadores del país.

Porque la caballerosidad, en la política, muchas veces se traduce en simulacros contenidos.

Y los tiempos ya cambiaron.

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