Edición: diciembre 2016
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La resistible ascensión de Donald Trump

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la-plumaAntipostales de Nueva York

Malú Huacuja del Toro

La cabeza de este artículo de la autora tiene una clara alusión a la obra de Bertolt Brecht sobre el ascenso de Hitler al poder…

Se dice que el neoyorquino Donald Trump es el patiño o punching bag de la campaña de su paisana Hillary Clinton, así como de la restauración política de ex presidentes mexicanos y, ahora, incluso, de nuestro actual mandatario. A la primera especulación frecuentemente se alude con las fotografías de cuando los Clinton eran amigos de los Trump y departían alegremente en cenas de gala. Lo segundo no es una especulación, está más claro que el agua y, de hecho, nos lo corroboró involuntariamente aquí el nuevo cónsul de nuestro país en Nueva York, don Diego Gómez Pickering, durante una protesta por Ayotzinapa, cuando se puso a decirle a uno de los manifestantes que en lugar de andar atacando al gobierno de México “deberíamos estar unidos contra el racismo de Trump”. Nunca se escuchó algo semejante de su antecesora en el cargo, la sobornadora Sandra Fuentes Beráin. Es la nueva línea política (oposición simulada, como la tibieza que mostró Peña Nieto frente a él) de la defenestrada imagen del gobierno mexicano. El único factor que diferenciaría la primera suposición de la segunda certeza sería que el propio Trump estuviera enterado y de acuerdo con su función.

En tanto, el documentalista Michael Moore asegura en un reciente comunicado (16/8/16) que la campaña de Trump contra los mexicanos comenzó como una simple maniobra publicitaria para ganarse la presidencia… pero no del país, sino de la cadena NBC, y que él mismo estaba convencido de que el pueblo no le prestaría la menor atención. Que no le importaba porque lo que él quería era ganar una batalla empresarial.

Como quiera que haya sido, perdió (lo despidieron) y en cambio, al insultar a los mexicanos obtuvo el apoyo del Estados Unidos profundo que también existe… Al igual que el México profundo acuñado por Bonfil Batalla, ese sector tiene más influencia de la que se le reconoce y también anda encapuchado a veces, pero no es moreno ni negro, sino blanco. Lo único que logró Trump fue sacarlo de la penumbra a la que obligaba la corrección política por tener un presidente negro en la Casa Blanca construida por esclavos negros (como apuntó Michele Obama en un discurso que todavía no le plagia la esposa de Trump).

Pero el dinosaurio gringo estaba ahí —parafraseando a Monterroso— junto con las creencias que lo impulsan: “La culpa de nuestras desgracias es del extranjero, del otro”. Siempre es más cómodo oír el lenguaje ramplón de Trump que leer a Julia Kristeva [Étrangers à nous-mêmes, Folio/Essais, Gallimard, Francia, 1991, p. 140]. Sobre todo cuando ésta nos recuerda la paradoja de que, si bien “la legislación define nuestra manera de plantear, modificar y eventualmente mejorar la situación de los extranjeros, forma también un círculo vicioso, pues es precisamente en vista de ella que existen extranjeros”[1].

Dicen los promotores del candidato que su éxito inicial en los sondeos fue “una sorpresa”. Pareciera que se asombran de que su pueblo pueda ser tan intolerante y obtuso. Pero en los noticieros norteamericanos no hay “sorpresas”. Todo es ensayado, controlado y reiterado ad vomitum. Ellos mismos despertaron al dinosaurio con su supuesto “asombro”, creando un entusiasmo inducido. He ido a casi todas las manifestaciones contra Trump en Nueva York: los grupos de supremacistas blancos que se ponen en la banqueta contraria a insultarnos a los mexicanos han crecido, ciertamente (al principio eran sólo tres de Nueva Jersey), pero nunca son muy numerosos. Me consta también que la campaña de Trump paga a provocadores negros (para colmo) que se meten en nuestros contingentes de mexicanos y de negros simpatizantes del movimiento Black Lives Matter. Lo sé porque un día me quedé hasta el final siguiendo a uno que llevaba a dos niñas cargando pancartas y fotos con el lema grandilocuente de Trump. Se había pasado el día entero gritando palabrotas, esperando cual dragón incendiar con el fuego que salía de sus soeces labios a quien lo dejara. Cuando todo terminó, bajó sus letreros, se fue a reunir con el contingente de supremacistas blancos y dejó sus botones en una pila de parafernalia de campaña. Iría a recolectar su dinero de acarreado, supongo. También he visto agitadores que supuestamente quieren “debatir” porque “no entienden”, y que, tras sacar de sus casillas a cuanto ingenuo quiera explicarles, simulan irse, pero al cabo de unos diez minutos, regresan.

En otra ocasión, durante una marcha por Nochixtlán en Times Square, observé a uno que nos persiguió gritando: “¡Pinches espaldamojadas, váyanse a su país!” Ése sí parecía estar dispuesto a golpearnos y hasta fue frenado por la policía. Entonces volvió muy tranquilo a su puesto de negocio ambulante. Me acerqué a ver qué vendía. Resultó ser un charlatán que anunciaba lecturas de bola de cristal.

Me pareció de lo más apropiado.

Casi poético.

2 Comments on "La resistible ascensión de Donald Trump"

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