Edición: diciembre 2016
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La lluvia

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la-plumaEl espíritu inútil

Pablo Fernández Christlieb

Traer los calcetines mojados atenta contra la felicidad…

Quienes abren primero el paraguas son las que tienen el pelo chino, que es el mejor pronóstico meteorológico que existe. La lluvia es el enemigo de los peinados, de las bicis y de las citas. Le hará muy bien a los campos, pero a los habitantes de las ciudades solamente se les anega el cerebro, de suerte que empieza a llover y empiezan a hacer tontería y media, como querer salir a comprar algo, o querer creer que la lluvia es muy romántica y ponerse su gabardina para sentirse muy neblinosos, muy londinenses; pero esas prendas inventadas en lugares donde sólo caen chipichipis, donde caen chubascos y chaparrones sólo sirven de amuletos. Los que cantan singing in the rain es que nunca se han mojado.

Más allá del paraguas que por lo común está olvidado o perdido en otra parte, no hay preparativos para las lluvias: ni las coladeras están hechas para tal evento; ni la ropa que se usa, la cual fácilmente podría ser apta y óptima con tanta fibra sintética plástica y ligera, impermeable y transpirable, pero debido a que eso no se estila en las metrópolis que dictan la moda, pues aquí en el diluvio nadie la quiere usar. Sólo los cobradores y repartidores de moto, que son como caballeros andantes en bosques encantados, van equipados con su armadura de hule y unas bolsas de plástico del súper para envolverse los zapatos.

Y como no para de llover, los ciudadanos necesitan comprar un coche ya que en tiempo de lluvias los automóviles no son medios de transporte, toda vez que no se mueven en el tráfico sino techitos particulares de precio estratosférico. Los paraderos de autobús ─que tampoco se mueven─ son techitos menos prácticos pero son gratuitos. El ambiente que se genera en los Metros, trolebuses, microbuses y demás refugios para los sin-coche es, ciertamente, cálido en sus dos acepciones: cálido como baño de vapor que empaña los vidrios hasta de los lentes, y produce una atmósfera de pollos entumidos donde no hay modo de quitarse el suéter mojado por fuera y sudado por dentro, pues cuando llueve el transporte público se satura porque siempre llueve justo a la hora de salida y se tarda eternidades en pasar. Y cálido de corazón, porque se le empieza a echar resignación sonriente a esa reunión incidental de ciudadanos empapados con la mochila del de junto escurriéndole en los pies y el piso patinoso y el chofer pidiendo que se recorran para atrás, más como mantra que como recomendación. Y a los que les tocó sentados sin que alrededor haya a quien tener que darle el asiento, como que encuentran su rinconcito en este mundo, y hasta empiezan a querer que dure más el viaje, porque no siempre se puede tener tanta suerte.

Hay ciudades en que la cantidad torrencial de lluvia alcanzaría para hacer un lago, pero parece que los lagos no son rentables con los miles de estacionamientos que se pueden hacer ahí para que todos se metan en sus coches a taparse del aguacero. Mucho peor que no tener ropa adecuada para la lluvia es no tener ciudad adecuada para la lluvia; pero con el cerebro encharcado sólo se les puede ocurrir entubar el agua de la lluvia para sacarla, y luego traer entubada el agua de los ríos para bañarse. Tantos siglos de lluvia y tantos siglos de ciudad deberían haber dado para que se sincronizaran y se acoplaran entre ambas, cuando menos para que durante el tiempo de secas se prepararan para el tiempo de aguas, pero lo que pasa es que en el tiempo de secas se les seca el seso y no se acuerdan de que existe el tiempo de aguas, como si los aguaceros del año pasado hubieran sido un acontecimiento meteórico excepcional como el paso de un cometa que seguramente ya no se va a repetir toda vez que hoy está muy bonito el día. La capacidad para olvidar la lluvia es casi un fenómeno paranormal que no tiene explicación.

A la arquitectura colonial novohispana se le ocurrieron los portales, esas arcadas que techaban los andadores sobre las cuales resalía el edificio: solución perfecta, porque así todo lo que se construye tiene un techo que cubre la banqueta por donde la gente puede caminar y hasta ponerse romántica. Nada más que tenía que implementarse al momento de hacer o ampliar la ciudad. Pero como las modas, si en la metrópoli no se estila, aquí tampoco. Todas las banquetas cubiertas con un techito hospitalario: con ese remedio se hubiera dotado a la ciudad de un urbanismo ejemplar atento a la calidad de vida de sus moradores. Traer los calcetines mojados atenta contra la felicidad. Y, asimismo, se hubiera logrado una arquitectura propia, original, interesante, cuyo desarrollo habría producido resultados maravillosos, en lugar de sólo los pasos apurados y cabizbajos de los que tienen que andar lloviéndoles encima.

Pero ya sea que se anegue el cerebro o que se seque el seso, el caso es que se planean ciudades sin lluvia en ciudades donde llueve a cántaros.

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