Edición: diciembre 2016
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Historia y pesadilla, farsa y literatura

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la-plumaLas comisuras del diablo

Francisco de la Guerra

En agosto buceaba sin escafandra entre las cajas de la biblioteca de un amigo rescatada de las tormentas y los viajes, un buceo incluso entre los vestigios de los gustos librescos de una familia de fines del siglo pasado: un atlas enciclopédico de un mundo con fronteras ya inexistentes, libros ilustrados de Quino y el Tarzán de Bourroghs, El hacedor de Borges, un volumen inquietante sobre fenómenos parasicológicos en la URSS, la versión en inglés del Ulysses de James Joyce y Agosto de Rubem Fonseca. En esos días se consumaba lo que en los medios se llamaba el impeachement a la presidenta de Brasil, Dilma Roussef, que según reconocidas posiciones, como la del ex presidente José Mujica de Uruguay, en realidad encubría un novedoso mecanismo de golpe de Estado en América Latina, pero sin los habituales militares, muertos ni desaparecidos ni torturados, hasta ahora.

Ulysses es una novela que se aparta deliberadamente de lo histórico-político, pues se trata de una obra que experimenta con los flujos corporales y psíquicos de los personajes, sin embargo en una parte es posible entrever los conflictos del nacionalismo irlandés y las obligaciones religioso-patrióticas, y entonces aparece esa frase que resume desde mi punto de vista las complejas relaciones entre la historia y gran parte de la mejor literatura latinoamericana.

El libro de Fonseca tiene como epígrafe: “La historia  –dijo Stephen—es una pesadilla de la cual trato de despertar”, este enunciado, traducido mejor en otro lugar como “La historia es una pesadilla de la que estoy tratando de despertar”, expresa muchas ideas en torno a la historia. Ésta puede ser concebida así como una sucesión interminable de horrores de los que cualquier persona razonablemente trata de escapar para simplemente vivir; también puede expresar un rechazo a valores o ideologías que llevan a la confrontación; incluso puede expresar el deseo de permanecer en un espacio de confort.

Para escritores como Alfonso Reyes podría expresar la idea de que la literatura no es una actividad ancilar para la política, la moral o cualquier otra finalidad didáctica. También podría expresar el rechazo de obligaciones patrióticas (salvo quizás las embajadas) odiosas para el artista, o el simple disgusto con un contexto no estético.

Sin embargo, la historia es una pesadilla de la que no podemos despertar. Y en América Latina esta pesadilla se transforma en una fuente literaria fecunda, ya sea en una elaboración mágico-mítica, como en Carpentier o García Márquez, o  una literatura “neorrealista” que reelabora la historia, como en Vargas Llosa o Rubem Fonseca.

Agosto, de Fonseca, tiene como trama la investigación de un asesinato que desata los mecanismos de un golpe de Estado en 1954 contra el presidente Getulio Vargas, catalogado como representante del populismo latinoamericano. Demasiada historia, porque los hechos son reales, podría decirse, pero Fonseca, a la altura de los mejores escritores plantea la tragedia que culmina en el suicidio del mandatario, ligada a la del comisario Mattos, un policía casi inverosímilmente incorruptible.

Pero si la historia es una pesadilla, podría decirse, recordando al autor de El 18 brumario, que la pesadilla ocurre dos veces, una vez como tragedia y otra como farsa. Algo así en el contexto de dos agostos, el de la novela de Fonseca y el agosto de Dilma.

 

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