Edición: diciembre 2016
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Fahrenheit 451 y el apocalipsis del “sueño americano”

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la-plumaLas comisuras del diablo

Francisco de la Guerra

Después del 9/11, representado con un cruel performance, es decir, con el espectacular derrumbe de las torres gemelas de Nueva York, circuló por internet una frase, “¿Sabes tú por qué nos odian?”, de la novela futurista Fahreinhet 451, cifra de la temperatura a la que arden los libros, qué inquiría sobre las causas del atentado en una sociedad financiera narcisista, volcada al consumismo, hedonista y ajena a los conflictos mundiales auspiciados por sus poderes político-financiero-militares; desde entonces la imagen de la “democracia americana” y del “sueño americano” se transformó a velocidad sostenida en una distopía similar a la ficción de Ray Bradbury, primero con la crisis económica de 2008, cuyo oasis aparente fue la elección del primer presidente negro de su historia (que no modificó sustancialmente las bases del sistema ni resolvió la crisis y se va con una patada en el trasero), paréntesis revertido ahora con el triunfo electoral del candidato facistoide Donald Trump, con quien el mundo apocalíptico parece más cercano, pero con una gran diferencia con respecto al escapismo social representado en la novela de Bradbury, pues ahora descubrimos que la pregunta es también inversa, puesto que no sabemos “¿por qué ellos nos odian?”, puesto que muchos ciudadanos estadounidenses (los menos educados [los menos lectores, podría decir Bradbury], según la información periodística) odian al mundo y en particular a los inmigrantes mexicanos, a quienes culpan de su decadencia.

Pero en la distopía de Bradbury, el sistema se encuentra en su apogeo económico, con base en la guerra y en el vacío espiritual de sus habitantes, porque esta anticipación o profecía se escribe en el contexto de la guerra fría, la disputa por la hegemonía mundial entre Estados Unidos y la extinta Unión Soviética, que es fundamental para describir ese universo, donde el temor y el miedo convertidos en hábitos garantizan la sobrevivencia individual y social, y de un poder que está más allá de toda comprensión racional, como los sabuesos mecánicos, en un contexto universal invisibilizado por los grandes medios, básicamente la televisión, pero que se advierte en las grandes movilizaciones militares; así lo percibe un atormentado engrane de la maquinaria de control, el bombero  Montag, en su afán por buscar luces en los proscritos libros que él quema, como obrero enajenado y cruzado de una moderna inquisición:

“(…) ¿Qué demonios hacen esos bombarderos ahí arriba, sin descansar un minuto? ¿Por qué nadie habla de eso? ¡Hemos iniciado y ganado dos guerras atómicas desde 1960! ¿Nos divertimos tanto en casa que nos hemos olvidado del mundo? ¿Será que somos tan ricos y el resto del mundo tan pobre y no nos importa que lo sea? He oído rumores; el mundo está muriéndose de hambre; pero nosotros estamos bien nutridos. ¿Es cierto que el mundo trabaja duramente mientras nosotros jugamos? ¿Nos odiarán tanto por eso? He oído rumores acerca de ese odio también, muy de cuando en cuando. ¿Sabes tú por qué nos odian? Yo no, debo admitirlo. Quizá los libros nos saquen un poco de esta oscuridad. Quizá eviten que cometamos los mismos condenados y disparatados errores.”

Fahreinhet 451 (1953) corresponde a una novela de anticipación, cuyos fantasmas depredadores renacen sobre las cenizas del optimismo y el progreso tecnológico. Sin embargo, su autor, Ray Bradbury, era bastante consciente de los elementos que anticipaban esa sobredosis de poder, que Umberto Eco elabora en los símbolos vacíos del Superman capitalista, como representación sublimada de la supremacía financiera, tecnológica, militar y cultural (de masas) de Estados Unidos en la posguerra y en la recién inaugurada “guerra fría”.

Bradbury también habló del contexto de Fahrenheit 451 en los años 50, cuando el macarthismo, una mezcla de facismo y estalinismo estadounidense, dominaba la política y vigilaba y perseguía a todo intelectual crítico de su sociedad, lo que traducido a la ficción se transformó en la prohibición de la lectura y la cultura, a cambio de una hueca cultura de masas auspiciada por la televisión. Sin embargo, pese a esa profecía literaria, la predicción se ha cumplido, una estrella de los reality shows se ha transformado en el telepresidente del país más poderoso del mundo

“Quizás los libros nos saquen un poco de esta oscuridad”, pero la realidad está dominada apocalípticamente por los grandes medios que hasta los integrados, como Mario Vargas Llosa, se espantan del poder de esta Civilización del espectáculo (a la que tanto han contribuido), que ha encumbrado a los hombres de la televisión, como “la cosa Berlusconi”, por ejemplo, en ese estilo facistoide del monopolio de la imagen, la palabra y el poder: You ‘re fired o El rival más debil.

Sin embargo, el presente apocalipsis plantea un problema, pues este se plantea desde la perspectiva del fracaso de la integración, es decir, se trata de un apocalipsis como crítica no ilustrada, a diferencia del que planteaba Umberto Eco, pues a diferencia de los años 90 del pasado siglo, cuando la globalización y los worlds trades estaban de moda, ahora los mismos medios que impulsaban la integración plantean su crisis, pero con los tintes facistoides de su mediocre Superman Trump, representante de la misma cultura de masas, inmune aparentemente a la kriptonita de la cultura.

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