Edición: diciembre 2016
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En Cuba no había libreros, pero había libros

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Fidel Castro. Foto PBS.

Fidel Castro. Foto PBS.

Fidel, Cuba y la cultura

Humberto Musacchio

Un estadista con cultura fue Fidel Castro, algo ajeno a ciertos políticos como…

Las revoluciones son obra de seres humanos con pasiones, grandezas, mezquindades, filias, fobias y limitaciones. Por eso son necesariamente procesos imperfectos en los que, más allá de las intenciones, cobran gran relevancia los errores, los abusos, la discriminación. Los enemigos de Fidel Castro magnifican sus desaciertos, que los tuvo y fueron costosos en términos sociales, pero más allá de lo que piensen o digan los profesionales del odio, hay hechos positivos que cabe recordar para un balance equilibrado.

Imposible olvidar que bajo la dirección de Fidel los cubanos eliminaron el analfabetismo, y que lo hicieron movilizando a cientos de miles de muchachos organizados en las Brigadas Conrado Benítez, las que fueron hasta el último rincón de la isla y enseñaron al alto porcentaje que tradicionalmente había estado al margen de toda educación.

La campaña de alfabetización permitió que los jóvenes participantes fueran y se sintieran héroes, seres que respondían a sus líderes con altura de miras. Contra aquellos chamacos no faltaron agresiones e incluso asesinatos a manos de los grupitos contrarrevolucionarios entrenados, armados y pagados por Estados Unidos.

Otro resultado fue que muchos cubanos recién alfabetizados decidieran seguir estudios formales, lo que en algunos casos los llevó a cursar licenciaturas y hasta doctorados con el consecuente beneficio social.

Pero hubo una ganancia más que cabe destacar.

Cuando Gabriel García Márquez preparaba su nunca terminado libro sobre las consecuencias del bloqueo estadounidense contra Cuba, anduvo por toda la isla y en uno de tantos recorridos llegó hasta un lugar casi inaccesible de la Sierra Maestra. Ahí fue presentado por sus acompañantes simplemente como un periodista colombiano.

Por la noche, reunidos alrededor de una fogata, uno de los lugareños le preguntó al escritor su nombre y éste respondió con un escueto “Gabriel”, lo que no fue suficiente para saciar la curiosidad del campesino, quien volvió a la carga: ¿Gabriel qué? “García”, contestó el aludido. ¿Pero García que?, insistió aquel hombre con cierta impertinencia rural: “García Márquez”, ante lo cual aquellas mujeres sencillas y esos hombres rudos, a decenas de kilómetros de una biblioteca o de una librería, soltaron a coro la palabra mágica:

¡Macondo!

Ahí la conversación derivó hacia el anecdotario local y salió a relucir la prima que era una santa y a la que vieron elevarse al cuelo, como Remedios la Bella; platicaron del abuelo, veterano de la guerra contra los españoles, que también se pasaba el día haciendo no pescaditos de oro, pero sí herraduras, espuelas y otros objetos útiles en aquel ambiente; los más viajados narraron con parsimonia el día que asistieron a un circo o hablaron de la impresión que fue para ellos conocer el hielo.

Fidel Castro Ruz. Foto La Nación.“Cuesta trabajo creer que las primeras ediciones de Juan Rulfo no se agotaron en el curso de los años cincuenta, y que fue al calor de la revolución isleña que empezaron los tirajes de El Llano en llamas y Pedro Páramo por decenas y cientos de miles”

Eliseo Digo contaba que García Márquez no pudo contener algunas lágrimas, pues en ese pueblo perdido en la nada todos los habitantes parecían haber leído Cien años de soledad. Pero ese episodio, con tintes de hazaña cultural, era el resultado de la campaña de alfabetización y luego de la difusión del libro que realizó el gobierno revolucionario, pues de poco servía enseñar a leer si los alfabetizados no se ejercitaban en la lectura. De ahí que a lomo de mula o por cualquier medio, se hacían llegar hasta la población más apartada los libros, lo que hizo de Cuba el pueblo más lector de Latinoamérica y uno de los más cultos del mundo.

En efecto, la pequeña isla, con necesidades de todo tipo, tuvo por primera vez alimento, vestido y escuela para todos. Los libros se editaban en tirajes de cientos de miles de ejemplares y aun así había largas colas frente a las librerías cuando se esperaba la aparición de un título. En una crónica que circuló en los años setenta se cuenta que en una cena en casa de Roberto Fernández Retamar, director de Casa de las Américas, el autor anotó que muchos libros estaban correctamente acomodados junto a las paredes, pero en el piso. En Cuba no había libreros, pero había libros.

Y hay que decir que Casa de las Américas hizo por la literatura latinoamericana más que 200 años de vida independiente. Creo que fue Julio Cortázar quien dijo que libros y autores de la América nuestra cobraron relevancia mundial gracias a la Revolución Cubana, que editó y promovió libros y autores hasta entonces marginales en Europa y Estados Unidos.

Mario Vargas Llosa, Carlos Fuentes y otros escritores que acabaron distanciándose del gobierno cubano fueron leídos con avidez en la Gran Antilla lo mismo que autores ajenos a las fiebres izquierdizantes, como Jorge Luis Borges. Por supuesto, en el mismo caso estuvieron y han estado los que se mantuvieron fieles a la revolución, pues unos y otros súbitamente adquirieron una popularidad que los convirtió en figuras de primera línea en las letras mundiales.

Cuesta trabajo creer que las primeras ediciones de Juan Rulfo no se agotaron en el curso de los años cincuenta, y que fue al calor de la revolución isleña que empezaron los tirajes de El Llano en llamas y Pedro Páramo por decenas y cientos de miles. Octavio Paz, tan lejos de Cuba y tan cerca de Estados Unidos, tenía varios libros varados en la primera edición. Fue con ese auge promovido por la Revolución Cubana que se convirtió en un bestseller.

Para obtener reconocimiento, desde luego cuenta en primer lugar el talento. Pero hay talentos que nunca llegan a ser reconocidos si carecen de una adecuada caja de resonancia. La Revolución Cubana fue eso para los escritores de América Latina y el Caribe y la prueba es que a partir de entonces han recibido en gran número los premios Nobel, los Cervantes, los Príncipe de Asturias y otros reconocimientos internacionales.

Detrás de todos esos hechos, o al frente de ellos, estuvo Fidel Castro, con su inmensa autoridad política que también llegó a ser usada de otra manera, como el penoso caso de Heberto Padilla. Pero más allá de este episodio, Fidel, un muy buen lector, entendió el valor de la cultura. Algo ajeno a los enanos que nos gobiernan. 

 

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