Edición: diciembre 2016
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Eusebio Ruvalcaba (1951-2017)

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Eusebio Ruvalcaba

Eusebio Ruvalcaba.

Adiós, amigo, pronto nos cruzaremos en un camino incierto

Nacido en Guadalajara el 4 de septiembre de 1951, el prolífico escritor y amigo Eusebio Ruvalcaba falleció, a consecuencia de un hematoma cerebral, el martes 7 de febrero, a los 65 años de edad, después de permanecer desde el mes de diciembre internado en un hospital de la Ciudad de México. Amigo de este proyecto desde un inicio, Eusebio colaboraba regularmente en estas páginas con su Adrenalina. Su muerte nos ha matado, de muchos modos. Un último mensaje enviado a Víctor Roura le decía que no se sentía bien, pero que, comparado con los problemas que Roura ha padecido últimamente, no era nada, y que muy pronto seguramente se verían para beberse, por fin, aquella copa pendiente. Pero vino su fulminante hospitalización, su recaída, su inconciencia, su distancia física de este mundo y, finalmente, su dolorosa partida.

En el número de septiembre-octubre -del año 1999- de la revista Ciencia, arte: cultura, del Instituto Politécnico Nacional, Eusebio Ruvalcaba nos cuenta anécdotas de algunos músicos clásicos, tema esencial en su escritura, que lo llevaría tanto en su narrativa (por ejemplo las novelas Músico de cortesanas -1993- y Temor de Dios -2003- y el libro de cuentos Elogio del demonio -2013-) como en su poesía (digamos, Con olor a Mozart –1998).

De Bach se dice que de niño copió innumerables páginas de música que su hermano mayor, organista, le había prohibido conocer por simples celos profesionales. “Para eludir la vigilancia fraterna -indica Ruvalcaba-, se dedicó a copiar de noche con la iluminación que le proporcionaba la luna. Al cabo del tiempo, esto contribuyó de manera definitiva a incrementar en Bach un problema de la vista que habría de terminar por volverlo ciego”.

A lo largo de su vida, Johann Sebastian Bach se tuvo que someter a la voluntad de sus benefactores. “Cada uno de sus mecenas -nos ilustra Ruvalcaba- le exigía algo distinto. Verbigracia, que escribiera música para todas las festividades religiosas, lo cual daría origen no sólo a varios centenares de cantatas sino a las Pasiones, que constituyen monumentos musicales totales. Justo una de estas Pasiones, la de San Mateo, representó para Bach su obra predilecta. De hecho, conservó el original hasta que le sobrevino la muerte”. Por cierto, para poder tocar su órgano, Bach tenía que pedir permiso, “aunque había horas en que definitivamente no podía ni acercarse a su instrumento favorito”.

 

Eusebio Ruvalcaba. Foto: Conaculta.

Eusebio Ruvalcaba. Foto: Conaculta.

“El gusto . Nadie nace con buen gusto ni con mal gusto. Si desde niño se escucha música vulgar y pegajosa, toda la vida se escuchará música vulgar y pegajosa”

Hombre imbuido por la tragedia, Schumann “hizo de cada acto de su vida un acontecimiento memorable. Sin lugar a dudas –refiere Ruvalcaba–, la locura rubricó muchos de estos acontecimientos. Por ejemplo, acostumbraba invitar a cenar a los músicos que más amaba; ya muertos, desde luego. Así, se encontraba sentado a la mesa con su esposa, la pianista Klara, y sus hijos, y de pronto le ordenaba a cualesquiera de ellos que abriera la puerta, que si no oía que estaban tocando. A una señal de su madre, el muchacho se paraba a abrir, y antes de que dijera no hay nadie, Schumann se ponía de pie, abría los brazos y estrechaba a un Bach imaginario. Toca algo para mi amigo, le ordenaba a su esposa, quien le obedecía gentilmente”.

Las anécdotas de Beethoven se hallan inevitablemente unidas a su mal carácter. En cierta ocasión, un príncipe fue a visitarlo a su domicilio y, como no lo encontró, le dejó una tarjeta que decía: “Príncipe Lichnowsky, dueño de una propiedad”. Naturalmente que esa propiedad significaba tierras, castillos, mansiones, etcétera. Beethoven consideró un insulto su tarjeta, por lo que se presentó en la mansión del príncipe y, como éste no estaba en casa, le dejó a su vez una tarjeta en la que él mismo escribió de su puño y letra: “Ludwig van Beethoven, dueño de un cerebro”. También Goethe sufrió en carne propia la ira beethoveniana, dice Eusebio Ruvalcaba: “Bettina Bretano, admiradora de Beethoven y del poeta, los hizo coincidir en un balneario de Weimar, donde acudía la aristocracia a tomar el sol y someterse a hidroterapias. Allí Beethoven y Goethe caminaron juntos, charlaron (al modo del viejo sordo, con una libreta de apuntes de por medio)… Y Goethe terminaría tan asombrado como desconcertado. Y no fue para menos. Por principio de cuentas, cuando Beethoven se sentó al piano y tocó su sonata ‘Waldstein’, Goethe se emocionó tanto que lloró; Beethoven se vuelve en ese momento, ve llorar a su único escucha y cierra de golpe la tapa del piano:

Juan Domingo Argüelles, Víctor Roura Y Eusebio Ruvalcaba. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Juan Domingo Argüelles, Víctor Roura Y Eusebio Ruvalcaba. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

“-Yo no toco para señoritas -externa y abandona la habitación”.

Las proezas de Mozart son inacabables: “Alguna vez escuchó un oratorio que, por orden papal, nada más se podía tocar dentro del territorio eclesiástico –dice Ruvalcaba–. Para demostrar lo absurdo de esta idea, Mozart lo oyó, lo aprendió de memoria (con sólo escucharlo una vez, una obra para orquesta, coros y solistas) e inmediatamente lo transcribió en su papel pautado. Así se lo hizo llegar al papa y cuando este hombre (quien quiera que haya sido, Dios lo iluminó) lo vio, se dio cuenta de lo ridículo de la prohibición, al punto de que la abolió y, claro, felicitó a Mozart por tal hazaña. En lugar de castigarlo”.

Dice Eusebio Ruvalcaba que el dinero, si lo tuviera a raudales, serviría sólo para tener un cuarteto de cuerdas junto a su alcoba, tocando tal vez a Brahms, justo en el momento de amar a una mujer. Tal es su pasión por la música, que le vino en la sangre por transfusión heredada de sus padres: el notable violinista Higinio Ruvalcaba y la pianista Carmen Castillo, a quien dedica su volumen Con los oídos abiertos (Paidós, 2001), una recopilación de cincuenta y nueve textos editados en diversas publicaciones.

Una cosa es irremediable después de leerlo: el deseo de sumergirse con prontitud a los sonidos de la música de concierto. Porque las fluidas narraciones, que parecieran incluso estar consignadas bajo la tutela de los hermosos papeles pautados y no provenientes de una rígida computadora, nos conducen, siempre, a los pasillos de los amplios salones de la música. El libro rebosa de sonidos literarios. Es, en este sentido, un buen compacto literario. “Cuenta Stravinsky que solía reunirse con algunos amigos a escuchar los cuartetos de Beethoven. Noche tras noche. Día tras día. Todos los fines de semana. Y que los oían tanto, que los discos terminaban rayados. Y que, aun así, los seguían escuchando”. Así corre la prosa ruvalcabiana, así va dejando tras de sí la pólvora de su incitación musical. “Si me hubieran preguntado -acota-, yo habría dicho que al Estadio Azteca le pusieran Estadio Cuarteto Amadeus. Ya sé que no tiene nada que ver. Pero en todo el mundo dirían ‘Caramba, qué cultos son los mexicanos’. Que un estadio lleve el nombre de un cuarteto de cuerdas… Y qué ridículos, por supuesto. Pero eso ya lo somos. Ridículos, no cultos”.
Su libro es un infatigable armado de asombrosos relatos, todos ellos vinculados con la buena música. Sólo por ahí aparece un John Lennon que nada tiene que ver con las sinfonías ni las suites, pero al fin se tiene que reconocer que el ex beatle fue, ciertamente, un pulcro compositor, renovador de la modernidad sonora, roquero iconoclasta que hizo lo que quiso en el rock mientras la vida se lo permitió, antes de que el demente Chapman lo acribillara la noche del 8 de diciembre de 1980 en las calles de Nueva York. “Iba yo manejando mi nave sobre División del Norte -dice Ruvalcaba- cuando interrumpieron la canción para anunciar, con voz apagada e incrédula, más bien consternada, que John Lennon acababa de morir, asesinado por un loco. Me acuerdo que detuve el carro y dije: ‘No jodas, no puede ser, carajo’. Me quedé mucho tiempo estacionado. No sabía qué hacer, si seguir hacia donde iba, si meterme a un antro y emborracharme, si regresarme a mi casa. En lo que la imagen de Lennon iba y venía entre mis circunvoluciones cerebrales, me di cuenta de que ya había pasado media hora, una hora, una hora y media. Algo se me estaba desgarrando por dentro. El corazón me latía como si quisiera salirse. Como si ya no cupiera dentro de mí. Como si mi pecho no le fuera suficiente. Empezaron a poner puras rolas de Lennon, de Lennon y McCartney”. Este hecho lo lleva, de inmediato, al recuerdo de una fémina, cuya presencia está irrevocablemente ligada a su libro: la música es, y podemos comprobarlo en cada una de sus páginas, necesariamente femenina. Por ejemplo: “Para entrar a oír los cuartetos de Mozart, el único requisito era ser mayores de amor”.

Eusebio Ruvalcaba. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Eusebio Ruvalcaba. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Eusebio Ruvalcaba nos habla de seres prodigiosos como si estuvieran aquí a la vueltecita, parapetados en la esquina. Debido a sus numerosas lecturas, el autor, luego, cronica los hechos como si él mismo hubiese estado presente en cada anecdotario. Ruvalcaba departiendo los rones, los whiskies, las cervezas con todos los compositores, hablando de lo que comúnmente hablan los músicos, oyendo lo que oyen los músicos. Hijo del talentoso Higinio Ruvalcaba, desde niño escuchó lo que escuchan los grandes músicos. “Se dice que Schubert espiaba a Beethoven. Que lo seguía adonde él fuera. Que se acodaba delante de su casa, se tiraba en el césped o se recargaba en un farol, horas, interminables horas, y lo seguía. Se dicen más cosas. Que uno o dos días antes de la muerte de Beethoven, Schubert logró que un amigo le concertara una cita con el viejo sordo. Para esto, Beethoven había leído un manuscrito de Schubert y había manifestado su beneplácito; es más, su reconocimiento, asombro y admiración. Schubert entró prácticamente de rodillas a la humilde habitación de Beethoven. ¿Qué quería decirle? ¿Con qué pretexto se plantaría delante de Beethoven y abriría la boca? No se sabe”. Se dice, asimismo, que en cierta ocasión Johannes Brahms “entró intempestivamente a la casa de su amigo Joseph Joachim, el célebre violinista, quien, justo en ese momento, en compañía de otros músicos se hallaba estudiando el sexteto para cuerdas opus 18 (desde luego de Brahms); que el compositor se quedó en el marco de la puerta, pasmado por la belleza de aquella música (de su propia música) y que sus ojos se anegaron de lágrimas.
“-Creo que no he venido al mundo en balde –musitó”.
Otra, hermosa, de Brahms: “Se encontraba concentrado en la elaboración de su cuarta sinfonía cuando ocurrió un incendio en el orfanatorio que había junto a su casa. Dejó el papel pautado sobre el piano y corrió a ayudar a la extinción del incendio, pasando cubetas de mano en mano. Alguien lo reconoció y le preguntó alarmado por su nueva sinfonía. Brahms respondió:
“-Toda la música no vale la vida de un niño”.
Por algo, el día en que Brahms murió “se descubrieron en los bolsillos de su pantalón montones de hormigas adheridas a los caramelos que obsequiaba a los niños, pequeños que no conocía y a quienes detenía en la calle para cruzar con ellos algunas palabras. Es más, Brahms no podía ver a un niño detenido frente a una dulcería porque entraba a comprar la golosina que al niño se le había antojado y se la regalaba”.

Pero, curiosamente, a Eusebio Ruvalcaba no le gustan las óperas por doce exactas razones, algunas de ellas de rotunda argumentación: porque no cree nada de lo que sucede en el escenario, por su impaciencia para escuchar “una historia que avanza a pasos de tortuga”, porque “el mundillo de la ópera inequívocamente me remite al taurino”, por “ignorante” y porque prefiere vivir con esa laguna en su cultura: “Después de todo, no deja de ser excitante saber que hay una puerta cuyo umbral uno nunca se atreverá a cruzar”. Sin embargo, aclama el género lied y la música sacra, “antitéticos de la ópera”.

Ni modo.

El lector se quedará con las ganas de saber qué sensaciones le despiertan a un riguroso melómano, como lo es Eusebio Ruvalcaba, una voz perfecta y profunda como la de, digamos, María Callas, o Cecilia Bartoli, o Ileana  Cirubas, o Renata Scotto, o Kiri Te Kanawa. O Montserrat Figueras. Porque la maravilla de este libro es que las cosas son contadas no con tecnicismo ni con pedantería, sino con el lenguaje de todos los días. “El gusto se educa -advierte el autor-. Nadie nace con buen gusto ni con mal gusto. Si desde niño se escucha música vulgar y pegajosa, toda la vida se escuchará música vulgar y pegajosa”.
Nadie discute, ni discutirá, tal sólida e irrebatible afirmación.

 

7 Comments on "Eusebio Ruvalcaba (1951-2017)"

  1. Juan Manuel Landeros R | febrero 10, 2017 at 2:52 am | Responder

    Gracias a la Digna Metáfora por compartir con sus lectores las solidas e irrebatibles
    afirmaciones del Maestro Eusebio Ruvalcaba (Q.E.P.D)

  2. Gracias por esta semblanza de otra de las aristas del creador de Un hilito de sangre. Si, muchos hemos tenido suerte en escuchar desde niños, otra música. Saludos y ojalá regresé la edición impresa.

  3. Bibiana Cortés Palafox | febrero 11, 2017 at 5:59 am | Responder

    Un deceso que entristece al mundo de la literatura y periodismo cultural. Deja huella en cada escrito.
    Es un placer leer textos extraordinarios por la precisión del lenguaje escrito. Sigo maravillada con este homenaje escrito post mortem.
    Gracias.
    Saludos al Maestro Víctor Roura.

  4. MANUEL FLORES COTERA | febrero 16, 2017 at 5:39 pm | Responder

    No se que decir, Eusebio Ruvalcaba un grande, la muerte me conmueve, la Digna Metáfora se va… Hay tanto que decir que me quedo en silencio…. Gracias, son por intentarlo mis idolos..

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