Edición: diciembre 2016
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“Toda empresa  capital de arte es un despliegue calculado de sufrimiento”

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Leonard Cohen. Foto: Fernando Aceves.

Leonard Cohen. Foto: Fernando Aceves.

Leonard Cohen (1934-2016)

Víctor Roura

A los 82 años de edad, Leonard Cohen (Montreal, Canadá, 21 de septiembre de 1934) murió el pasado 10 de noviembre. Poeta y novelista, compositor y cantante, acaso era el otro candidato señero del rock a un Nobel de Literatura. Grabó 14 discos de estudio, escribió una decena de poemarios y dos novelas. Premio Príncipe de Asturias en las letras 2011, Cohen creó una música que rebasa cualquier etiqueta. Acaso como David Bowie, Leonard Cohen también sintió que vivía sus últimos días y se apresuró a terminar la grabación de su último disco: You want it darker, que salió en el mercado unos cuantos días antes de su definitiva partida de este mundo.

De Montreal a Nueva York

Hay cantores, como Nick Cave (quien incluso se define como “escritor que hace composiciones musicales”), como Paul Simon, como Tom Waits, como Bruce Springsteen, como Jackson Brown, que traen consigo una intuitiva vena poética, pero hay poetas, como Leonard Cohen o Bob Dylan, que se introducen en los terrenos de la música dirigidos por un intuitivo soplo cantor.

En 1956, a la edad de 21 años, Cohen publica su primer libro de poesía: Lets us to compare mythologies. El volumen habla de las interioridades religiosas que lo han conmovido: “Cuando yo era joven aprendí de los cristianos cómo sacrificamos a Jesús / como una adorable mariposa contra la madera / y cómo mis padres clavaron como un murciélago contra un granero”.

Dice el español Alberto Manzano ―quien ha traducido prácticamente toda la obra de Cohen al castellano, incluso elaborado, por propia iniciativa, Ilustrísimo Sr. Cohen, un bello volumen de 24 canciones del poeta Cohen con ilustraciones de ocho diestros dibujantes españoles, publicado en 2011 por 451 Editores― que los comentarios religiosos abarcan una buena parte del libro, “y casi  podríamos calificarlo de ‘nuevo libro santo’ si no fuera por las también continuas apariciones de los dulces pechos y las bocas de miel de sus amantes. Pero a Cohen no le gusta ver su libro en las bibliotecas de sus amigos y familiares. No era asunto de ellos enterarse de cómo lucían los cuerpos de sus amantes a la luz de la Luna artificial de Stanley Street. Se sentía como si hubiese aparecido masturbándose en televisión, desprovisto de vida privada, de límites, de discreción. ‘Lo único necesario para ser generalmente amado es publicar las propias ansiedades ―decía Cohen―. Toda empresa  capital de arte es un despliegue calculado de sufrimiento’. Por eso, para expiar su pecado, y porque seguramente el libro no le daba lo suficiente para vivir, entra a trabajar en una fundición de cobre, en la ribera de la ciudad”.

“No sé si el mundo ha mentido. Yo he mentido…”

Sin embargo, la jornada laboral, de 7:30 a 17:30 con media hora para comer, y un sueldo de 75 centavos la hora, lo desquicia. Abandona Montreal, con el permiso de sus padres (prácticamente los creadores de todas las instituciones judías de esa ciudad canadiense), para  asistir a la Universidad de Columbia, pero en lo que menos piensa es en estudiar. “Cohen se pierde por las calles de Nueva York ―dice Manzano en su libro Leonard Cohen (Unilibro, España, 1978)―, estudia los grafitis garabateados en las paredes del Metro y descubre ese mundo tan terriblemente inhumano del que seguramente Lorca ya le habría hablado. Huye de Harlem, presencia un asesinato en la escalera del Metro, vomita de regreso a su habitación y se queda rígido sobre la cama. Imposible mover un músculo”.

Leonard Cohen. Foto: AFP.

Leonard Cohen. Foto: AFP.

Esta visión la escribiría,  luego, en su novela de 1963, The favorite game: “Me tiene sin cuidado a quién hayan asesinado. Me tienen sin cuidado las cruzadas que se planean en históricos cafés. Me tienen sin cuidado las vidas destrozadas en los arrabales”. Pero en los barrios hay, asimismo, hermosas mujeres. Descubre a una en uno de sus habituales paseos, y le escribe un poema: “Bajo mis manos / tus pequeños senos / son los vientres vueltos / de gorriones caídos y suspirantes. / Siempre que te mueves / escucho los sonidos de alas cercanas / de alas caídas. / Permanezco mudo / porque has caído junto a mí / porque tus pestañas / son las espinas de pequeños y frágiles animales. / Temo el momento / en que tu boca / empiece a llamarme cazador. / Cuando me llamas cerca para decirme / que tu cuerpo no es hermoso / quiero convocar / los ojos y ocultas bocas / de piedra luz y agua / para que atestigüen en tu contra. / Quiero que te entreguen la temblorosa rima de tu rostro / de tus profundos cofrecillos. / Cuando me llamas cerca / para decirme que tu cuerpo no es hermoso / quisiera que mi cuerpo y mis manos / fueran  estanques / para tu mirada y tu risa”.

 

Hermosamente vencido

Regresa a Montreal y en 1961 la Bahía de Cochinos es ocupada en un desembarco hostil al régimen de Fidel Castro. “Es un momento que reclama acción, y Cohen viaja a Cuba. Pero, una vez en la isla, se da cuenta de que él mismo es exactamente la clase de enemigo que los  filisteos habían descrito: ‘Burgués, individualista, un poeta inmoderado’ y, dejando a un lado la revolución, ningún bando valía la pena por el cual luchar, convive con gente al margen de la política: alcahuetes, ambiciosos, prostitutas, casi todos los operadores de  películas nocturnas y, entre chinos y técnicos checoslovacos, se siente el único turista en La Habana”. También de esta experiencia extraería, después, varios poemas, sobre todo en sus libros Flowers for Hitler (1964) y The energy of slaves (1972): “Es una obligación para mí / lo más sagrado de mis días / más profunda que el opio negro / lo que me hizo ir más allá de mis lecciones / más estrepitosa que las cintas de fuego de Cuba / donde yo no maté al hombre. / Es una obligación para mí / y siempre que la encuentro / la pierdo la pierdo a menudo. / Soy un estandarte solitario / soy un soldado sabio. / Camino con la boca cerrada / y entro en el mundo a la deriva / atenazado por el honor”.

En el año que viajara a Cuba publica su segundo poemario: The spice-box of earth, donde prosigue su impulso religioso judeocristiano: “Entre las montañas de especias / las ciudades impulsan cúpulas de perlas y agujas de filigrana. / Nunca fue antes Jerusalén tan hermosa. / ¿Por qué entonces ese loco de Isaías, que olía a desierto, rabiaba y gritaba / ‘Jerusalén está en ruinas / sus ciudades están ardiendo’?”

Este libro hace viajar a Cohen a Europa, pues obtiene un premio que le reditúa un buen dinero, que lo gasta de inmediato en Grecia. Es una época fructífera para el poeta. Escribe sus novelas El juego favorito (1963) y Los hermosos vencidos (1966), aparte de su poemario contra Hitler (1964), que causará revuelo en Canadá. Es cierto que los nazis fueron vencidos, diría Cohen años después, “pero la idea nazi ha triunfado. Hoy, todas nuestras cabezas están llenas con la idea de la tiranía”. Cohen, en este libro, “no sólo tiene espíritu de violador de tumbas” sino se distancia, con rabia, del mundo espiritual, el mismo que lo había abrazado en sus anteriores volúmenes poéticos: “No sé si el mundo ha mentido. / Yo he mentido. / No sé si el mundo ha conspirado contra el amor. / Yo he conspirado contra el amor. / La atmósfera de la tortura no es confortable. / Yo he torturado. / Escuchen. / Habría hecho lo mismo. / Aunque la muerte no hubiese existido”.

En La energía de los esclavos (1972), Cohen es de nuevo un poeta ambicioso: “Mi odio no conoce final / más que en tus brazos./ Por extraño que parezca, / soy el fantasma de Juana de Arco / y estoy amargado amargado / a causa de las voces. / Abrázame fuerte / o te pondré para que sudes / donde yo he estado”.

Ya en su libro Los hermosos vencidos Cohen es un escritor irrebatible, que incluso acusa a la iglesia como institución  por detener el avance liberal del hombre.

 

Leonard Cohen. Foto: Simone Joyner.

Leonard Cohen. Foto: Simone Joyner.

En el rock ajeno a la frivolidad

Luego de haber alcanzado una indiscutible importancia en el ámbito literario, Leonard Cohen se sumerge en la música. Con su guitarra compone canciones y es Judy Collins la que lo presenta en el Newport Folk Festival ante 20,000 personas en 1967. Un poco después, en 1968, Cohen publica su primer disco. Buffy Sainte-Mary, de la revista  Sing Out, escribe acerca de este acetato: “Las canciones de Cohen son de otro mundo y, a la vez, increíblemente ‘mortales’, como yo misma encuentro a Cohen. La mayor parte de sus melodías no son ‘asimilables’ inmediatamente, pero después de haberlas escuchado  atentamente te encuentras de modo sorprendente iniciado en una fórmula mucho más amplia que la utilizada por la música folk y pop anglosajonas. Calificado de vago, sin objetivo, nublado, yo le estoy,  por mi parte, agradecida de haberme elevado por encima del nivel musical corriente. Resulta curioso partir de un tono para encontrarse en otro, y no tener idea de cómo ha ocurrido”.

Justa crítica.

Después, Cohen se introduciría de lleno en los asuntos de la música (cuyas letras forman una hermosa colección poética, que se pueden constatar, por ejemplo, en el volumen Un acorde secreto, con traducción, sí, del español Alberto Manzano, publicado en 1996 por Celeste Ediciones), y la historia es un poco más conocida. Por eso, sin duda, su música no tiene nada que ver con la música pop contemporánea. Porque, sencillamente, un poeta se tropezó un buen día con el rock y se halló a gusto entre las marejadas de la frivolidad sin precisamente ser un simpatizante de la frivolidad.

 

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