Edición: diciembre 2016
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“No podemos escribir sólo para desahogar rencores”

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David Ojeda. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

David Ojeda. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

David Ojeda (1950-2016)

Juan José Flores Nava

El escritor David Ojeda se nos ha ido también de este mundo, pero quedan sus enseñanzas, su escritura, su generosidad. Lo recordaremos hasta el fin de nuestras vidas. Descansa en paz, querido amigo.

Debo decirlo: al momento de empezar a recoger estos fragmentos de memoria escucho a Van Morrison. Y Van Morrison sonará hasta que la última línea sea escrita. Porque estoy seguro que así le hubiera gustado al escritor David Ojeda que se lo recordara: entre la luminosa y oscura, densa y ligera bruma que provocan las canciones de Van The Man.

El escritor David Ojeda dejó de respirar el 9 de octubre pasado en San Luis Potosí. Esta ciudad de la provincia mexicana en la que nació en 1950 y que hizo tan suya aprendiendo, escribiendo, compartiendo. La diabetes lo consumió. Aunque tal vez lo más justo sea decir que, a su modo, se resistió, que no dejó nunca que la enfermedad lo devorara: él mismo tomó la decisión de no dejarle a esa loba que se apropiara totalmente de su existencia. Y así fue avanzando en una fatídica carrera hacia el final. No lo sé de cierto, pero me atrevo a afirmar que Laura Elena, su mujer, estuvo ahí, amorosa, solidaria, entristecida a su lado, como desde hace tantos años. Nunca vi a David sin ver también a Laura Elena, juntos, siempre juntos.

David Ojeda estudió derecho, pero muy pronto aprendió a manejar las herramientas y el oficio de la escritura. ¡Y cómo no! Abrevó de la sensibilidad y las enseñanzas que él y otros jóvenes entonces ―como Juan Villoro, José de Jesús Sampedro e Ignacio Betancourt― encontraban, ahí mismo en San Luis Potosí, en los talleres del maestro José Donoso Pareja.

Sin duda, su vocación era la de cuentista, aunque se aventuró en la novela y el ensayo. Algunas de sus obras fueron Las condiciones de la guerra, Bajo tu peso enorme, Cuando el espejo mira, Los testigos de Madigan, El teorema de Darwin, La santa de San Luis, El hijo del coronel y Perros de casa ―el último que vio publicado. David fue también editor y promotor cultural.

David Ojeda. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

David Ojeda. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

“Ser culto sólo tiene un sentido: el de la solidaridad social”

¿He dicho que sin duda su vocación era la de cuentista? Quizá me equivoque: su vocación era la de tallerista. Son incontables los jóvenes sanluisinos que compartieron sus lecciones literarias y de vida, muchos los que vieron publicados sus primeros cuentos o poemas o ensayos o artículos o narraciones gracias a él. David Ojeda ya no está físicamente entre nosotros, pero queda su pensamiento, nos hereda su palabra. Transcribo sólo algunos ejemplos:

° En mis talleres siempre les digo a mis alumnos que el ser culto sólo tiene un sentido: el de la solidaridad social. Si ustedes piensan, les insisto, que ser un hombre culto es como tener una caja fuerte donde uno mete información para resguardarla y sacarla sólo para presumirla, están obrando mal. Un intelectual coherente debe ser solidario y tener muy buena leche en su actuar. Pues no podemos escribir sólo para desahogar rencores, mucho menos para presumir lo que sabemos.

° En México padecemos un medio literario en donde se estila mucho ser presuntuoso. Hay autores que, de tan presuntuosos, son intolerables. El artista debe entender que el objeto artístico está destinado a promover y sacudir conciencias, no a que uno pueda presumir de sabio, de culto o de buena gente. La creación debe ser un acto de generosidad. Si no, se nota. Alguna vez José Agustín me dijo: “No se puede escribir si no se tiene el corazón en la mano, porque se nota”. Al momento de escribir me preocupa mucho ser sincero. Y uno sabe cuando no lo está siendo. Si no se es sincero, hay que mandar lo escrito a la goma.

° Mijaíl Bajtín, en el libro Estética de la creación verbal, decía que un autor, en el momento de escribir, tiene que ser como un hombre sentado frente al espejo para verse ahí y proyectar en ese espejo los personajes que va a recrear y fundirlos con su propio reflejo. Sólo de esa manera, decía Bajtín, se puede escribir. Yo les digo a mis alumnos que para conseguir eso uno tiene que vivir de manera permanente con las antenas de fuera. Si están en un café, por ejemplo, tienen que escuchar no sólo lo que están hablando ellos en su mesa, sino también estar pendientes de lo que pasa en otras. Hay que escuchar a los otros para ser capaces de recrear no sólo el aspecto de una persona, sino su habla. Porque los personajes de una historia son habla concretada. Los cuentos, decía Borges, narran una situación con personajes, mientras que las novelas hablan de personajes en distintas situaciones.

David Ojeda. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

David Ojeda. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

° Cuando escribo, generalmente trabajo de noche, entre las 11 de la noche y las 4 de la mañana. Mis perritas siempre están a mi lado, durmiendo. A veces roncan y me distraen. Ellas siempre me acompañan a todos lados. No sé qué harían si alguien me atacara, pues los perros tienen, además, una ferocidad que los lleva a dar la vida por defender a su amo. Hay una hipótesis que plantea que los perros son lobos domesticados, pues los lobos seguían a las hordas de hombres primitivos para comerse los desperdicios que iban dejando atrás. Y es que a los lobos les resultaba más fácil comer desperdicios que ponerse a cazar. A cambio de ello, los animales se convirtieron en guardias. Por eso aprendieron a ladrar: para alertar a la tribu. Hay quienes sostienen que los perros son la especie animal que ha tenido el desarrollo más veloz, más diverso y más exitoso, incluso más que el hombre. Lo curioso es que es una especie animal diseñada por el hombre a través de cruzas. Los perros son la única especie animal que no sólo piensa, sino que se da cuenta de que nosotros pensamos.

° No soy muy dado a creer en héroes. Sí soy dado a entender personajes. Y sí creo que somos nosotros y nuestras circunstancias. Por ejemplo, en un accidente aéreo los que se salvan son los que pasan por encima de los demás para cuidar su propio pellejo, y no los que ayudan a mujeres, niños y ancianos. Por eso, en mis libros los personajes actúan siempre dependiendo de las circunstancias; responden a ellas.

° En sus memorias, Gonzalo N. Santos, gobernador de San Luis Potosí en los años cuarenta del siglo XX, maneja infinidad de refranes. Eso tiene que ver con el gran sentido del humor del hombre de campo mexicano; pero también con la sabiduría que encierran los refranes. Algunos de ellos son “el chiste es lazar y no mojar la reata”; “no hay huasteco que crea que tiene defectos”; “ladrón que roba a bandido, merece ser ascendido”; “a dos reatas no hay toro bravo”. Pero el que más me gusta a mí dice: “Caballo manso tira a penco; hombre bueno tira a pendejo; y mujer coqueta tira a puta”.

 

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