Edición: diciembre 2016
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Cine y teatro mexicanos: dos amantes furtivos

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Fotograma de El hombre sin rostro, 1950.

Fotograma de El hombre sin rostro, 1950.

Una compilación de Hugo Lara Chávez

Nuria Ocaña

El cine de ficción mexicano tiene su antecedente en la cinta Don Juan Tenorio, de Salvador Toscano, en 1899. Ahí surge una primera conexión entre el cine y el teatro mexicanos, un matrimonio en el que directores, actrices y dramaturgos —que provienen de la escena teatral— empiezan a trabajar en la pantalla grande y aportar su talento al séptimo arte.

El cine llegó a México en 1886, sólo un año después de su invención en Francia. Desde entonces, comenzó un ir y venir tanto de personas como de recursos, involucrados hasta ese momento, con su disciplina más cercana: el teatro. Obras como Los albañiles, de Vicente Leñero, tuvo su primera adaptación al teatro para, poco menos de una década después, ser llevada a las salas cinematográficas en una cinta de Jorge Fons.

Así, actores, técnicos y fórmulas que se creían propias del teatro o del cine se han mezclado para crear nuevos lenguajes compartidos. De esta idea parte el periodista e investigador Hugo Lara Chávez para compilar 12 ensayos que retoman el trabajo de directores, cintas emblemáticas o épocas paradigmáticos que explican parte de esta relación poco estudiada.

El título de este libro lleva por nombre Dos amantes furtivos / Cine y teatro mexicanos, publicado por la Editorial Paralelo 21, y reúne la perspectiva de Sergio Huidobro, Eduardo de la Vega Alfaro y Elisa Lozano, entre otros expertos, sobre ambas artes.

—¿Por qué el interés de explorar el vínculo entre estas disciplinas?

—Se trata de un libro que tenía en el cajón de proyectos, pendiente por la complejidad que implica la amplitud de abordarlo —dice Hugo Lara Chávez—. El tema de las intersecciones entre el cine y el teatro son muy extensas y prácticamente inagotables, pero no hay un compendio como éste en México, no se había abordado el tema antes en ningún volumen. Después de proponerlo a Paralelo 21, a modo de antología, invité a reconocidos especialistas, investigadores, ensayistas y cineastas, sabiendo que podían aportar un valioso punto de vista sobre el tema en distintos momentos de la historia. En especial, desde los años treinta del siglo XX a la fecha, que es cuando el cine mexicano tiene un importante desarrollo como industria.

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—¿Qué recursos ha aportado el teatro al cine?

—Son muchísimos. Prácticamente todas las bases. Hablando de manera particular sobre el cine mexicano, el texto de Pedro Tornero, por ejemplo, habla sobre la estética del Gran Guiñol, este teatro francés dedicado exclusivamente al crimen y del cual la industria cinematográfica del país usó todos los elementos de lo grotesco y de lo violento no sólo en el cine de terror sino en el cómico, en el de luchadores, en el de ciencia ficción.

Lara Chávez explica que también se revisa la propuesta, que viene de varias generaciones anteriores, de directores que tienen una formación teatral, como el caso de Alfonso Ruiz Palacios o Fernando Einstein, quien es cineasta del CUEC y su carrera enteramente cinematográfica, pero su opera prima Temporada de patos tiene todas estas condiciones teatrales. Son cineastas que han pasado por la magia del séptimo arte, pero tienen una formación teatral muy importante, como Jodorowsky.

—¿Y cuáles son los elementos que el cine le ha convidado al teatro?

—En el teatro contemporáneo se puede ver cómo se han incorporado recursos como las elipses de tiempo, que es algo más cinematográfico, o cómo utilizan las mismas proyecciones. En general, se han adoptado varios recursos técnicos. Sin embargo, en el último texto del libro el maestro Sergio Huidobro hace referencia a este grupo de directores mexicanos que han tenido participación tanto en el teatro como en el cine, generaciones que vienen desde Gabriel Retes a Manolo Caro, este último es quizá de los directores más jóvenes que tienen una presencia en ambos medios y trasladan todo el tiempo elementos de uno al otro. Caro tiene esta obra de teatro No sé si cortarme las venas o dejármelas largas, que luego lleva al cine.

Lara Chávez precisa que hay varios antecedentes de este tipo. Está, por ejemplo, cuando el Sindicato de la Producción Cinematográfica realizó Las Troyanas en un experimento de teatro filmado y Sergio Vega la proyectó en varios teatros de la Ciudad de México. Asegura que esta obra no tiene relevancia, por ser de los mejores productos cinematográficos. Aunque sí sobresale por el experimento que representa.

Versión completa en el impreso

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