Edición: diciembre 2016
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Ante una economía que destruye el arte

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Lasse Söderberg. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Lasse Söderberg. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Lasse Söderberg, un poeta con tos

Rossi Blengio

Un ciclista lo atropelló en la Ciudad de México en un accidente sin fatales consecuencias, pero tuvo que retrasar su regreso a Suecia, su tierra natal. Tiene el poeta Lasse Söderberg, en sus ocho décadas y media de vida, un nuevo libro bajo el brazo: El lugar más lejano.

Sugiere que esta plática con La Digna Metáfora se intitule “Entrevista a un poeta con tos”, luego de lo cual toma agua. Estamos en la terraza de una librería y anochece. “Hay poca luz”, dice Lasse Söderberg (Estocolmo, 1931), el poeta que estuviera en nuestro país con su más reciente poemario: El lugar más lejano (Editorial La Otra). Sus títulos más recientes son, en español, Geografía personal (2015) y, en sueco, En svart vind blåser (“Sopla un viento negro”) y Den som ingenting vet (“El que nada sabe”).

Le pregunto acerca de la situación y función de la poesía en tiempos violentos y de indiferencia, como los actuales.

―Muchas veces se cita al poeta romántico alemán Hölderlin ante el planteamiento a quién sirve la poesía en tiempos de crisis, que no contesta la pregunta, como yo tampoco voy a responderla porque es complejo, porque el mundo en que vivimos no sólo es violento sino está entregado a una nueva economía mundial que destruye totalmente muchas artes y casi en primer lugar a la poesía; así que la función de la poesía es cada vez más subterránea. En los tiempos románticos los poetas tenían una influencia en la sociedad, eran ídolos, y los jóvenes alemanes cuando leyeron los sufrimientos del Werther de Goethe empezaron a suicidarse en cadena. Eso es influencia. También hay, evidentemente, influencias buenas.

Lasse Söderberg. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Lasse Söderberg. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

―¿Cómo trata el mundo actual a sus poetas?

―Hay una actitud bastante hipócrita en cuanto a que a los poetas se les dan premios y se les elogia, pero eso es como un adorno: “Ahí tenemos premios para los poetas, pero no tengo la intención de que realmente el poeta sea más leído o apreciado”, se dice, o se insinúa. Además, a los poetas mismos les gusta mucho pavonearse con sus premios. Y eso es muy típico de España y América Latina. En mi país no es así.

―A usted se le ha considerado candidato al Nobel, ¿qué piensa de ello?

―Que ese premio casi no se lo entregan a los poetas, y acaban de dárselo al sueco Tomas Tranströmer en 2011, quien fue mi compañero de juventud. Su premio fue bien concedido: es el mejor poeta que tenemos.

―¿Cómo se interesó en traducir al español textos suecos?

―Es una larga historia que comienza con mi madre, que era traductora y aprendió castellano; en parte de ahí viene mi gusto. A los 21 años viajé a España. Todavía no hablaba yo el español, pero fue mi primer contacto con la cultura hispana. Descubrí entonces a los poetas de la Generación del 27: Lorca y compañía. Después vendría mi conocimiento de los latinoamericanos.

―En “Poema a John Cornford” [1915-1936] le escribe usted al joven poeta inglés, bisnieto de Charles Darwin, que combatió en el bando republicano: “¿En qué cerro quemado quedó, en qué frente de combate dentro de nosotros? No hay respuesta”.
―Era un poco romántico, pues hay toda una leyenda acerca de la Guerra Civil Española que ha sido tan importante y fue todavía idealista, porque habían dos ideas que se confrontaban, no como ahora que es un caos y no sabemos quién es bueno y quién es malo. Pero en España sabíamos que Franco era el malo y la República eran los buenos, no había discusión. Y México era el único país que tenía una relación crítica con Franco, por lo que recibió a tantos exiliados españoles, y eso también me despertaba una simpatía por el pueblo de México.

 

 

Lasse Söderberg. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Lasse Söderberg. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

El esqueleto

Está en mí, lo sé, aunque él no diga nada. Pero cuando me siento, se inclina también cómodamente hacia atrás. Cuando corro, se precipita conmigo. Como una sombra interna imita cada uno de mis ademanes. Nunca me abandona y no puedo vivir sin él.

Ciego y demacrado bajo la piel, este servidor de librea me da su apoyo, silenciosamente, pero con una mueca sarcástica que sólo muestra después de la muerte. Es entonces cuando llega su hora, liberado de mí, arpa grotesca en la que toca, con dedos fríos, un agua subterránea.

                                                                                     Lasse Söderberg

1 Comment on "Ante una economía que destruye el arte"

  1. Elisa Hernández | febrero 28, 2017 at 4:49 am | Responder

    Qué pena que proyectos de este nivel, alentadores, únicos y provechosos para el mundo actual tengan que dejar de existir. Ni hablar, lo siento y ojalá Roura vuelva a surgir como Ave Fénix. de sus cenizas, para volar cada vez más alto. Lo merece y sus lectores también merecemos escritores y periodistas con su calidad y honestidad. Felicidades por esta Digna Metáfora.

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