Edición: diciembre 2016
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Ensayo con crónica

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José Luis Martínez. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

José Luis Martínez. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Tres libros de portento mayor. Abre el volumen El día que cambió la noche (Grijalbo, 2016), de José Luis Martínez S., director del suplemento cultural “Laberinto” del diario Milenio,  nos exhibe a un cronista que no repara en superficialidades: cada detalle es trascendencia inesquivable. Nos habla de aquellas nocturnidades que, después del sismo de 1985, ya nunca volvieron a ser iguales.  Luego, del italiano Giorgio Agamben (1942), de su libro El fuego y el relato (SextoPiso, 2016, con traducción de Ernesto Kavi), reproducimos parte del estudio de un ensayista que cada vez se hace más necesario para entender el ejercicio de la escritura. Y cierra un fragmento del ensayo En el silencio de la cultura (SextoPiso / Uniuversidad Autónoma de Aguascalientes, 2016), de Carmen Pardo, doctora en filososfía por la Universidad de Barcelona y profesora de historia de la música en la Universidad de Girona. Los tres autores, de muchas maneras, miran el mundo con el ojo crítico para reflexionar ya sobre la nocturnidad de las urbes que transforman a, o trasminan, las  sociedades, ya sobre los universos literarios o ya sobre las metamorfosis causadas por las graves y subsecuentes conflagraciones.

La luz de la ciudad

José Luis Martínez S.

La luz en la que se habita de joven será la luz en la que se vivirá siempre —dice uno de los personajes de Tres veces el amanecer, el conmovedor libro de relatos de Alessandro Baricco.

En mi juventud viví una ciudad alumbrada por la música; eso es lo que más recuerdo y extraño: la luz de la música. En los bares, cafés cantantes, cabarets, teatros y salones de baile había grupos y orquestas; estaban las peñas folclóricas y los pequeños espacios para el bolero, el blues, el jazz y el rock. Los músicos vivían una época dorada. Nadie imaginaba que un día se ausentarían de la ciudad y de la noche, que serían reemplazados por sintetizadores y computadoras, por los sonidos anodinos —sin alma— que de pronto comenzaron a escucharse por todas partes.

Sólo en las discotecas prevalecían las grabaciones de éxitos del momento. En los demás lugares, la música en vivo era una constante, una obligación de los empresarios —debido a conquistas sindicales— y una exigencia del público.

El trompetista Abel Orozco y el baterista Agustín Chávez, veteranos de un oficio amenazado por la tecnología y el gusto estragado de la gente, vivieron esos tiempos. Nos reunimos una tarde, en el Centro, para platicar de los años en que Abel tocaba con grandes directores y Agustín recorría los cabarets o bares de los hoteles.

Les hago unas cuantas preguntas y ellos establecen un diálogo en el que van surgiendo las añoranzas, los trazos de una ciudad lejana, desaparecida, en la que pretendí, con infructuosa obstinación, descifrar los secretos de la noche.

Antes de la tragedia del 19 de septiembre —recuerdan—, abundaba el trabajo para los músicos. Quienes no tenían un empleo fijo se congregaban en los alrededores de la XEW, en la calle de Ayuntamiento, con la ilusión de lograr unas tocadas para el fin de semana, dentro o fuera de la ciudad. Pasaban las horas en el café, el billar o la cantina, con su instrumento a un lado, hasta que alguien les avisaba —siempre había alguien que, en esos días sin teléfonos celulares ni redes sociales, le avisaba a uno de las cosas importantes— que había llegado el momento de probar suerte.

—Los jueves y viernes llegaban directores como Gustavo Pimentel o Chucho Ferrer, que tenían sus oficinas en esa calle, para contratar eventuales. Los músicos iban a verlos en cuanto se enteraban de su presencia, con la ilusión de que los eligieran. Los que no agarraban nada, buscaban trabajo en los bares o cabarets —dice Abel.

—Existían muchos —interviene Agustín—; yo trabajé en casi todos.

José Luis Martínez. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

José Luis Martínez. Foto: Pascual Borzelli Iglesias.

Como si fuera una letanía, menciona nombres y ubicaciones de cabarets:

El Social, en Eje Central e Independencia; El Savoy, en Bolívar 120; El Sótano y el Rondinela (en el último piso del Hotel Alfer), en Independencia y Revillagigedo; El Club de los Artistas, en Vértiz 118; El Bombay, en Garibaldi; El Champaña A Go Go y el Cartier, en la Tabacalera; El Afro Tramonto, en Insurgentes y Sullivan; El Nuevo Iris Astoria, en Insurgentes Centro; El Run Run, en Insurgentes y Reforma; Las Fabulosas, en Velázquez de León casi esquina con Puente de Alvarado; El Clóset, en Saltillo 67, en la Condesa…

—Cabarets había por todas partes —dice, tomando un respiro, como para justificar la imposible hazaña de recordarlos todos. Y comienza una retahíla de bares y discotecas de hoteles, otra tradición que se extinguió:

El Cero Cero, en el Camino Real; La Lechuga, en el Aristos; La Boa, El Pájaro Loco y El Elefante Rosa, en el Señorial; El Camichín, en el Alameda; El Montenegro, en el Del Prado; El Quórum, en el Crown Plaza…

—También había centros nocturnos muy elegantes —interviene Abel—, como el Terraza Casino, el Casino Royal y El Patio, donde estuvo toda la vida el saxofonista Héctor Jalal el Árabe, que fue arreglista de la orquesta de Luis Alcaraz; tenía un octeto y tocaba una música preciosa. En El Patio había una orquesta para acompañar la variedad, yo tocaba ahí cuando se presentaron Raphael, El Puma, Nelson Ned, Camilo Sesto, Rafaella Carrá, José José…

—La ciudad estaba llena de música —reitera Abel.

Estuvo en La Fuente (en Insurgentes Sur y San Antonio) con Pérez Prado; con Juan García Esquivel en el Belvedere del Hotel Hilton Continental, acompañando a Olga Breeskin; con El Millonario Pablo Beltrán Ruiz en giras dentro y fuera del país, en salones de baile y centros nocturnos de la Ciudad de México.

—Las grandes orquestas se acabaron —sentencia el experimentado trompetista—. Teníamos mucho trabajo, no sólo en la noche sino a cualquier hora: en los programas de televisión, en las películas, en las grabaciones de discos. Los músicos de otros países venían a trabajar a México. Vivíamos tiempos muy buenos.

—También los teatros de burlesque tenían sus grupos —agrega Agustín—. Y había lugares de ficheras como El Siglo XX, en Izazaga; o el Bucabar, en Bucareli, por el Reloj Chino, donde tocaban dos o tres grupos, abría a las nueve de la noche y cerraba a las seis o siete de la mañana. En los bares de hoteles como el Hilton Continental existían los llamados grupos show, en los que dos chavas guapas bailaban música americana; era otro tipo de entretenimiento pero también otra fuente de trabajo.

—Además —advierte Abel—, se acabaron las figuras. Ya no han salido cantantes de la importancia de Marco Antonio Muñiz, Juan Gabriel o José José. En los ochenta, cuando hacían giras, llevaba orquestas de dieciocho o veinte elementos. Ahora eso resulta incosteable.

Continuamos platicando un largo rato. Imposible no hacerlo. Me dicen que en la actualidad impera la música de computadora en todos los sitios; ni siquiera son grabaciones, sino secuencias hechas por ingenieros. Recuerdan otros lugares de aquellos años, cuando —afirman— había alrededor de cuatrocientas fuentes de trabajo mientras que en 2015 no había más de cincuenta. Por eso, muchos músicos se han retirado.

—¿Sabes cuándo comenzó el declive de la vida nocturna en la Ciudad de México? —me pregunta Agustín. No me da tiempo de responder—. Con el sismo de 1985 —dice—. Muchos cabarets cerraron y nunca pudieron recuperarse. Ahí comenzó todo.

 

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